
- Chau, cuídate mucho ya, me llamas – nuestras manos se entrelazaron, no parecían querer soltarse, al menos no en ese instante. Era como si fueran una sola de nuevo. Fue lo último que sentí de ella, sus manos, como momentos atrás las había sentido.
Tarde, noche que más da. Ahora recuerdo muy bien como sucedió todo, como los dos fuimos víctimas de una pasión que nos invadió, una pasión que no hacía falta en mí, una pasión que no pensé despertar en ella, esa pasión de sentirme querido por ella, aunque sea por una vez, aunque sea sentirme querido por ella en un pequeño espacio de tiempo, un pequeño espacio donde todo lo que imaginaba se hizo realidad, mi sueño más recóndito era real en esos minutos. Era yo víctima de sus caricias, yo era víctima de sus besos, de sus abrazos apasionados, de su amor que aunque sea me lo dio en aquellos momentos, momentos que pasamos juntos, mirándonos, queriéndonos, amándonos.
Un día común (claro eso pensaba), un día igual a los demás, un día como cualquier otro, un día en el cual lo especial no era parte del menú, un día más para mí, tenía una sorpresa esperando. Subimos al lugar donde nos íbamos a encontrar, nos escurrimos entre la puerta, nada estaba dicho hasta ese momento, esperaba solo hablar con ella, pasar un buen rato, aparte ¿qué más podría esperar si a ella le gustaba otro chico? Esperaba que me cuente más de él, tal vez para parecérmele un poco, no lo sé, quería estar con ella en esos instantes, ya la había extrañado tanto que los minutos que pasábamos juntos eran valiosos, la había extrañado tanto desde que se fue, y al igual que en aquel momento, hoy era un día anterior a que se valla de nuevo.
¿Esa es tu computadora?- me dijo, - Sí claro, ¿Qué más podría ser una máquina de escribir?- le reproché, se rió. Se sentó en la silla que había al frente del monitor, abrió su bandeja de mensajes y vio el correo del chico que le gustaba, lástima que solo le escribía porque él partía, lástima porque ella lo quiere mucho, ella lo quiere tanto que cada vez que le hablan de él se olvida que existo, yo soy uno más del monto a su lado, pero en ese mensaje ya estaba todo dicho, en ese mensaje había una despedida, él también pensaba en ella como ella en él, pero por cosas del destino se separaron, y que más quería yo, si yo me muero por ella, yo soy el tonto enamorado que sigue tras ella para ver si aunque sea por un instante se fija en mí, a ver si por un instante soy parte de su corazón. Respondió el mensaje y me dijo: “ayúdame, tu sabes de esto, tu escribes”, pensé en decirle “escribo porque me inspiras, escribo para ti, no puedo decirte que cosas decirle porque sé que lo quieres más que a mí, sé que piensas más en él que en mí”, pero mi cobardía me hizo decirle: ”ponle lo que sientas y nada más, ponle que piensas en él, que lo quieres, no se ponle lo que quieras en realidad”, eso le dije y me arrepentía; hasta ahora me arrepiento porque leyendo lo que le escribía me cercioraba más que aunque él ya no iba a estar aquí ella seguiría pensando en él, le seguiría queriendo, seguiría siendo parte de su mente, seguiría perteneciendo a su corazón. Se despidió con un: “yo también te recordaré, te kiero mucho”.
Cerró su bandeja de entrada, me miró, en sus ojos estaba la pena de saber que el amor se le había escapado y había tomado un rumbo distinto, aunque me dijo: “lo odio, no sabes cuánto lo odio”, sé que solo fueron palabras de ira, palabras de aliento para que su corazón no quede en mal estado, para que su corazón tenga la fortaleza de afrontar que ya no iba a estar, tal vez olvidar.
Se paró de la silla y trató de avanzar a través del pasadizo que dirigía hacia todo el lugar, en el fondo se divisaban cuatro puertas, tres de ellas eran dormitorios y la que sobraba era el baño. Le impedí que siguiese avanzando y traté de convencerla para jugar el jueguito de las puertas, “tienes cuatro puertas y puedes elegir una, si eliges la correcta entras si no, piña”. Claro que no aceptó y trató de llegar por la fuerza, forcejeando llegamos hacia la primera puerta, lástima, solo era el baño, la segunda se hizo esperar un poco más, un cuarto desolado, la tercera y la cuarta formaban un ángulo de noventa grados, ¿cuál elegir?, ¿cuál será la correcta?, solo lo sabía yo y ella, bueno ella quería averiguarlo. Escogió la puerta de la izquierda, sí esa era la indicada, trate de hacer que no entre pero entró, trate de hacer hasta lo imposible para que no siga a través de esa habitación, pero no conseguí fruto para mis intentos, intentos fallidos. Estábamos allí y la tarde recién empezaba a aparecer en la ventana, la noche no era virgen, la tarde lo era para nosotros ahora.
Un camarote estaba pegado a la pared, un camarote, un estante de cuadernos, un ropero y un montón de ropa limpia conformaban nuestro paisaje, algo raro en realidad, solo esperaba que viera todo y de pronto salga de ese espacio, me equivoqué de nuevo, quiso quedarse y subió a la parte alta del camarote, la música que había dejado reproduciendo en la computadora ayudaba a que algo más pueda pasar, despertaba pasión. Música romántica, música que a los dos nos gustaba, las cantábamos, nos mirábamos, sus ojos me mostraban algo distinto, sus ojos me gustaban más ahora, su mirada invadía mi mente, me enamoraba más de ella.
Estábamos los dos allí, echados el uno frente al otro, sintiendo nuestras respiraciones, algo aceleradas tal vez, algo intranquilas porque no.
- ¿Estás nervioso?- me dijo de repente.
-No – respondí intempestivamente, - bueno un poquito tal vez- dije al fin.
Como no iba a estar nervioso si esto no lo había esperado, como no iba a estar nervioso si estaba evitando darle un beso, un beso que rompía las barreras que podría sobrepasar, un beso que no esperaba que se llegue a dar, un beso que se estaba quedando en mi pensamiento, salvo hasta ese momento.
Los minutos pasaban y solo me bastaba con eso, con verla allí, con verla al lado mío, acostada junto a mí, tan tranquila como suele ser ella, tan paciente como me gustaría recordarla.
- ¿Me darías un beso? – preguntó mirándome a los ojos.
- Estoy lidiando por no hacerlo- le dije.
- ¿Y si yo te lo pidiera?- me dijo de nuevo.
- Entonces lo pensaría – respondí.
-Dame un beso- afirmó, y es así que me acerqué a su mejilla y posé mis labios sobre esta.
-No, ese tipo de beso no quiero, dame un beso- insistió, volví a acercarme a su mejilla, esta vez fue a la derecha.
-Dame un beso aquí- dijo señalando sus labios.
En un segundo lo pensé bien, y es que no podía besarla porque le tenía mucho respeto, nunca pensé que algo así podría pasar, solo en mis sueños se dibujaban esos labios junto a los míos, solo en mis sueños eso era realidad, ahora estábamos en la realidad, pero había algo más que me afligía, algo más que no me dejaba disfrutar de ese instante, era la figura de él, la figura de aquel chico por el cual ella moría, pensando “¿lo estará haciendo por despecho?, ¿solo lo hará porque sabe que él ya no podrá estar?, ¿por qué me lo pide ahora?”; pero no importó más eso, de pronto la tarde se iluminó, de pronto sentí como corría por mí su cariño, de pronto sentí que de verdad me quería, de pronto sentí como ella se dejaba querer, de pronto sentí con esos dulces toques lo que había anhelado siempre, nos estábamos besando.
Al abrir los ojos me cerciore que estaba en la realidad, me cerciore que ella, que la chica de la cual estaba enamorado, de cual nunca hubiese esperado un beso, de la cual aún sentía un gran respeto y aparte tenía un amor distante, estaba allí conmigo, compartiendo ese momento, compartiendo ese hermoso beso. Nos besamos por más de una vez, por más de una vez al abrir los ojos sentí como corría en mí ese cariño, aquel cariño que ella decía sentir por mí, aquel cariño que sé esta distante, que se nunca pasará de eso. Al final me olvidé de todas las barreras que mi mente me ponía, al final todos los supuestos se desvanecían, estaba allí con ella y eso importaba, estaba allí con ella y ese momento talvez nunca se repetirá, tenía que aprovecharlo, tenía que sentirlo y sentirla a ella, besarla con cariño, “deja salir al tú enamorado, disfruta el momento, que sea este momento el cual recordemos”, me dijo mirando al techo, nos dimos un beso más de los miles que ya llevábamos, un beso más que pensaba que era el último, hablábamos, nos cantábamos, nos mirábamos, nos besábamos, hacíamos del momento el más maravilloso que hubiésemos sentido antes, al menos así lo sentía yo, sé que ella lo sentía así también.
El sonido de la puerta abriéndose nos removió, un golpe de nerviosismo inauguró nuestro momento, un golpe de nerviosismo que nos hizo saltar, bajamos de la cama, no sabíamos qué hacer.