
Al entrar todos estaban completamente tensos, como un fierro que acababa de salir del horno o como si la cuerda de puenting se hubiera quedado rígida porque el personaje que cuelga de ella está demasiado regordete para que pueda aplicarse la famosa ley de Newton “acción y reacción”. Aunque el día estaba claro, y algunas nubes merodeaban por el cielo como indicio de oscuridad, todos adentro (unos 5 o 6 contándome) tenían una cara de meditabundos maldita que me recordaba cuando en una de las tan galardonadas “chupetas entre patas” uno de mis amigos de escuela comenzaba a poner cara de borracho al haber ingerido ya más de 8 vasos de ron con coca-cola y se sentía con ganas de ponerse una tina en la cabeza aunque sea para engañar al estomago diciéndole que está preparado para lo que “venga”.
No sabía donde sentarme, habían muchas carpetas vacías, y aunque era nuevo para mí (me refiero al lugar porque luego de haber pasado un verano en la CEPRE – UNI las carpetas de color negro hechas de plástico y fierro no son la gran cosa) sentía que eso determinaría el correr de los siguientes días que me tocara en esa misma aula y con los mismos compañeros que prontamente ingresarían por "la puerta engañosa" (que por un lado es espejo y por el otro te ven como te estás arreglando para entrar) con un aire de “¿estos son mis compañeros?” o porque no con un ademán de “quiero que esto acabe pronto para largarme de aquí y no saber de ellos hasta la siguiente clase”, pero aún así eso no me animaba a escoger un sitio en especial. Recorrí con la mirada otra vez todo el lugar y me pareció muy grande para una clase de verano de no sé cuantos salones por un mismo curso que al fin y al cabo llevarían más que a aprender a hacer un poco de vida social para relajarse con los nuevos amigos en este verano caluroso que ya estábamos viviendo.
Un sitio en el medio de la clase era el indicado, ni tan para la derecha ni tan para la izquierda, tampoco tan adelante ni tan atrás, el cual, me facilitaba ver todo el espacio disponible y también me aseguraba el no morirme de calor teniendo arriba mío el tan conocido ventilador.
Pasaron por lo menos unos 15 minutos para que la clase este mas o menos llena, las ganas de ir al baño me arreciaron repentinamente y tuve que dejar de leer el libro que había sacado para dirigirme presuroso a mi destino pero al salir la vi a ella, estaba allí y aunque fue la primera mirada sabía que estaría conmigo las siguientes 6 semanas y algo más que nos esperaban.
Hice mis necesidades y me dispuse a lavarme las manos y la cara ya que el calor era inminente (no creo que haya sido por el clima sino por la chica) y al ver mi cara reflejada en el espejo descubrí un gesto extraño, no era asombro (ya que en el conocido “ojo” de la universidad te podrías deleitar con una gran diversidad de muchachas), tampoco nerviosismo (no me inmuto tan fácilmente por una chica), pero fuera lo que fuera estaba completamente distinto a lo que había llegado.
Camino al aula todo era distinto, comencé por mirar el pasadizo y los salones para finalmente pararme en frente de "la puerta engañosa". Pensé por un instante que estaría cerca de la muchacha que había visto minutos atrás pero me equivoque, ella se había sentado a tres carpetas a la izquierda mía así que sería un día propicio para observarla si es que no llegaban más muchachas así, lo dudaba.
8:00 am en el reloj y supuestamente la clase debía iniciar; todos ya habían ocupado su lugar para un viaje entre números y palabras pero el arranque aún no se daba y todos estábamos cada vez más impacientes. Recorrí con la mirada todas las caras que habían y todas tenían gestos distintos (el primer día en la universidad siempre te genera eso) pero aún así me sentía atraído por la chica que se había sentado a tres carpetas a mi izquierda. Tenía el cabello largo con flecos dorados, una figura bella (para mí al menos), también una piel bronceada fruto de una exposición al sol descomunal así como también de sus padres, los ojos no eran claros pero eran llamativos, en sus mejillas se dibujaba un rojo como de rubor, sus labios eran carnosos y perfectos con ese rojo exacto en cada uno y su mirada de nuevo invadía mi ser. Me había quedado mirando.
“Buenos días alumnos”, así inició su clase el profesor bajito y gordito que decía haber estudiado matemática pura en la "CATO" pero que tenía buen estilo del humor (al menos para él). El protocolo de siempre y a este incauto se le ocurrió hacer una “dinámica” improvisada para “quebrar el hielo”, no lo logró. Luego de que cada uno hubo dicho su nombre, apellido, carrera, hobbie y no sé qué otro cliché expuesto en la pizarra, todos volvían a su posición inicial. No había surgido efecto alguno, seguíamos frígidos, y al volver mi mirada hacía el salón, las expresiones no habían cambiado ni en lo más mínimo.
Ella estaba allí, pensativa, tal vez un poco dubitativa con la mirada perdida en aquella pizarra de plástico la cual nos indicaba lo que teníamos que hacer en aquel momento. Las horas pasaron rápido, era el primer día ¿qué más esperaba?, pero al escuchar “pueden irse nos vemos en la próxima clase” ella se levantó rápidamente y su figura viajó a través de aquella puerta que parecía más un portal, pero aún así miré hacia su asiento, la recordé allí, son su mirada perdida y sus ojos en mí, la extrañé hasta el siguiente día.
