miércoles, agosto 26

El sueño, ¿una realidad? (2)


- Tranquila es mi papá – dije para tranquilizarla, y es que ella estaba un tanto intranquila, un tanto nerviosa.
- ¿Y ahora que hacemos? – me preguntó.
- Pues nada, quédate aquí, tranquila es la primera vez que sucede esto pero al vivir en un departamento solo con tu padre te da cierta “ventaja” – dije con un tono de seguridad.
- Bueno, está bien – dijo sin más.

Se estaba demorando un poco en aparecer, la figura de mi acompañante de departamento se estaba haciendo esperar, como aquel artista que hace esperar a su público antes de impresionar con su gran actuación. Sentía como alguien viajaba a través del pasillo, sentía como el encuentro con aquella sombra era inevitable, cada vez estaba más cerca...

- Hola papá
- Hola ¿que tal? – sonrió solo viéndose a mí...
- Buenas tardes señor – dijo ella como si la hubieran obligado a hacerlo
- Ah, hola – masculló antes de entrar a su cuarto, me dio una última mirada, una mirada perdida que no me decía nada (hasta ahora no me dice nada sobre aquella tarde). Entró a su cuarto y se encerró allí.

Estábamos en la parte baja del camarote, en la parte baja donde meses atrás había dormido mi hermano, pero ahora ya no estaba, ahora por cosas del destino esa parte siempre paraba sola, desde que mi mamá viajó junto con mis hermanos, desde que mis papas se separaron por segunda vez, desde aquel momento esa parte del camarote estaba deshabitada, hasta aquel momento claro está.

La música seguía su curso, como si hubiera algún dj que la estuviera programando para el baile en un quinceañero. Seguía su rumbo con las canciones exactas, de verdad me impresiono, y me impresionó en aquel momento como eso podría ser cierto, el momento se iba perdiendo para darle paso a otro, era el momento de una confesión, comenzamos a hablar sobre nuestras familias, aunque era la primera vez que lo hacíamos, teníamos la confianza de años, creo que fue porque teníamos historias similares, historias que aunque los protagonistas cambiaran, el desenlace seguiría inmutado.

Comencé yo por contar mi parte de la historia, yo comencé diciendo que mis padres estaban separados, pero que a eso yo estaba por decirlo “acostumbrado”, por decirlo “adaptado”, puesto que había sucedido en una parte de tiempo anterior, cuando yo tenía cuatro años ellos habían tenido una riña similar a la que tuvieron meses atrás, y por consiguiente mi mamá había viajado, la diferencia era que en aquella ocasión solo lo había hecho conmigo, ahora a mí me tocaba quedarme con mi papá y mi mamá había viajado con mis hermanos.
Sentada ella en la cama me dijo lo mucho que lo lamentaba, también contó su parte de la historia, historia que no repetiré, porque si lo hago sentiré, así como ella, la tristeza y las ganas de llorar de ese día. De sus ojos brotaron las lagrimas, no sabía qué hacer para consolarla, soy muy malo en eso, no sabía que decirle, hablaba y lloraba, se recostó en la cama y yo atiné a abrazarla, a decirle alguna que otra tontería para que se calme, quería llorar allí con ella, quería poder entrar en ella y sacarle ese dolor que la afligía, ese dolor que recordó allí conmigo, dolor que aún no se va, ella lo sigue llevando allí con gran fortaleza, le quité las lágrimas que emergían de sus ojos con delicadeza, las quité y fui preso de nuevo de su mirada, esa mirada que me fulmina cada vez que la veo, esa mirada que me hace quererla cada día más, esa mirada que extraño. Nuestros labios se rozaron de nuevo, se juntaron, otro beso nos dimos.

Era el mejor momento de mi vida, que mejor tarde, que mejor noche que estaba apareciendo, que mejor fin de semana, ella allí conmigo, ella y yo sintiendo el querer que nos invadía, el querer que nos invadió. De pronto seguimos dándonos besos, besos más que apasionados, besos más que sentimentales, besos que reflejaban un verdadero querer, un querer que se incrementaba en cada segundo que pasaba, lastimosamente tenía que quedarse en ese querer, pero en aquel momento pensé en algo más, pensé que algo más podríamos llegar a ser, solo me ilusioné un poco más.

Y es así que confundí la situación, es así que me dejé llevar por esa emoción, emoción que ya no aguantaba más dentro mío, emoción que me hacía sentir un tanto especial, emoción que me hizo decir lo que le dije, que me hizo caer en un hueco sin regreso; emoción que me jugó doble, maldita emoción, no me dejó pensar, me dejé llevar por la emoción y mi corazón…

- Tengo que preguntarte algo – dije mirando las tablas de la cama de arriba
- Sí, dime – me respondió al instante.
- No sé, no sé – dije.
- Vamos dime – insistió.
- Está bien, te diré, pero no sé como decírtelo, es algo tan… ¡aish!, no sé cómo hacerlo…
- Mira, si es lo que yo creo que es que me quieres preguntar, la respuesta es sí – me dijo y con un beso cercioró su respuesta, como si con ese beso reafirmara su convicción, como si ese beso reafirmara aquel sí, aquel confuso “sí”.
- Bueno, ¿quieres ser mi enamorada? – con un poco de rubor en mi cara lo dije, miro hacia arriba y lo dudó un instante, se acercó hacia mí y me dio otro beso.
- Aún no me respondes – dije un poco serio, se echó en la cama
- Lo estoy pensando – me dijo mirando hacia arriba
- Solo quiero que me des la respuesta – le incité
- Sí – dijo al fin – La respuesta es sí – con otro beso cerro esa conversación

La alegría me invadió, la alegría disuadió lo que temía, esa alegría que me decía que ya la tenía, me decía que a partir de ese momento éramos más que amigos, éramos enamorados, eso me decía pero no tenía por qué ser verdad. Aunque sabía que la respuesta que me dio la dio por compromiso, la dio por no dejar que el momento se pierda, me ilusioné y mi corazón se hizo la idea que la dio por que de verdad lo sentía, de verdad me quería.

El tiempo pasaba y algo más me decía que solo me dijo eso por no decepcionarme, ya había perdido la ilusión de besarla y es que como dije líneas arriba yo la respetaba mucho, aún lo hago y no puedo verla como algo simplemente carnal, pero tenía que disfrutar el momento, lo disfruté tanto que hasta ahora lo recuerdo, hasta ahora siento sus labios en los míos, hasta ahora siento sus caricias, aún siento su olor, siento su cuerpo, hasta ahora la quiero más que en aquel momento, la quiero más con cada beso, la quiero.

Su celular comenzó a vibrar, era su prima para decirle que ya era un poco tarde y tenía que irse para su casa. Ella se había “escapado” de la salida con su prima y algunas amigas para verme, había hecho eso y de verdad me gustaba, la extrañaba y quería verla tan seguido como pudiese, sin desperdiciar cualquier momento que tuviera para verla, sin desperdiciar ningún momento para pasarlo con ella, aunque sea para hablarle, aunque sea para mirarla.

Nos levantamos y nos dimos otro beso, nos abrasamos para evitar que el otro se valla, para evitar que el otro se escape por la puerta, queríamos que el momento dure más, bueno al menos eso quería yo. “Quédate un rato más” dije abrasándola y besándola, sé que ella también quería eso pero ya no se podía más, nos separamos y le dije: “te acompaño”.

Bajamos por las escaleras, salimos de mi casa, caminamos por el parque y éramos amigo de nuevo, de nuevo como si nada hubiese pasado, como si lo vivido anteriormente hubiese sido simplemente un recuerdo, un recuerdo que yo lo viví como real, un recuerdo que no se va. Subimos al taxi y me cogió de la mano, sentí su mano de nuevo, entrelazamos los dedos como enamorados, para no soltarlos, para sentirnos de nuevo. “Dame un beso” dijo de nuevo, así como lo había hecho en mi casa. No estaba seguro de dárselo, pero sucumbí y otro beso nos dimos, tal vez el último de la noche, pero el más intenso de todos, el beso que aún me hace recordarla, el beso que me hace amarla. Seguimos así, ella posó su cabeza en mi hombro y yo posé la mía sobre la suya, la abrasé.

Llegamos hasta nuestro destino y allí estaban sus amigas y su prima, me presentó y creo que les caí bien, eso espero porque eso me pareció. Querían comer así que buscamos algunos aperitivos, hamburguesas, pollo, pizza, no se decidían, a veces las mujeres son tan indecisas. Vamos por pizza dijeron al fin.

Llegamos hasta el restaurante de la pizza, pedimos, comimos, nos reímos, hablábamos, ella estaba a mi lado, siempre a mi costado, de vez en cuando recostaba su cabeza sobre mi hombro, de vez en cuando nos mirábamos como si quisiésemos recordar algo, nos mirábamos como si ocultáramos algún gran secreto, nos mirábamos y nos reíamos.

La hora se había pasado más de lo permitido, ahora sí era tarde y tenían que partir, cada quien tenía que irse para su casa. Admito que yo no quería eso, quería seguir pasándola con ella, quería terminar la noche así como la empecé, quería decirle si de verdad éramos algo más que amigos, lástima, estaba claro, éramos solo amigos.

Pararon un taxi y ya tenían que subir para evitar el escándalo de bocinas de los carros que esperaban impacientes para recoger a algún pasajero, teníamos que despedirnos, teníamos que decirnos adiós, o tal vez un hasta luego.

- Chau, cuídate mucho ya, me llamas – nuestras manos se entrelazaron, no parecían querer soltarse, al menos no en ese instante, era como si fueran una sola de nuevo. Fue lo último que sentí de ella, sus manos, como momentos atrás las había sentido.
- Chau, tu también cuídate, buen viaje – dije sin soltarla aún, ella tampoco quería soltarme, nos dimos la última mirada y nuestras manos se deslizaron una de la otra con suavidad, una última sonrisa me dio y con sutileza se volteó.

Se subió al taxi y la vi desaparecer entre la masa de carros que había, me despedí de sus amigas y comencé a caminar en dirección a mi casa, en mi mente aún se dibujaban los momentos que pasamos juntos, aún se dibujaban todos los besos que nos dimos, se dibujaba cada uno por separado, cada uno que es especial, cada caricia que sentimos, cada instante que no perdimos, cada instante que nos sentimos cerca, queriéndonos.

Ahora que empiezo a recordar todo eso de nuevo, caigo en la cuenta de tenerla a mi lado, caigo en la cuenta de imaginar que somos “algo”. Eso no es necesario porque ya está claro, ya esta claro que somos solo amigos, tal vez eso es lo mejor, al menos así me lo explicó ella. No sabía como culminar esto, un final no tenía aún pero ahora lo tiene, ahora sé como puedo cerrar esta historia que sucedió, ahora sé que debo terminarla así como empezó, debo terminarla con una ilusión, un sueño que un día realidad se volvió, un sueño que aún sigue en mi mente, ese sueño que surgió de repente, un sueño que aún no doy por concluido, es ese sueño de tenerla junto a mí, es ese sueño de sentirla aquí, bueno no puedo más que recordarla, no puedo más que en secreto amarla, ahora sé que como “amigos” estamos bien, lastima eso le duele a mi corazón también.

lunes, agosto 10

El sueño, ¿una realidad? (1)


- Chau, cuídate mucho ya, me llamas – nuestras manos se entrelazaron, no parecían querer soltarse, al menos no en ese instante. Era como si fueran una sola de nuevo. Fue lo último que sentí de ella, sus manos, como momentos atrás las había sentido.

Tarde, noche que más da. Ahora recuerdo muy bien como sucedió todo, como los dos fuimos víctimas de una pasión que nos invadió, una pasión que no hacía falta en mí, una pasión que no pensé despertar en ella, esa pasión de sentirme querido por ella, aunque sea por una vez, aunque sea sentirme querido por ella en un pequeño espacio de tiempo, un pequeño espacio donde todo lo que imaginaba se hizo realidad, mi sueño más recóndito era real en esos minutos. Era yo víctima de sus caricias, yo era víctima de sus besos, de sus abrazos apasionados, de su amor que aunque sea me lo dio en aquellos momentos, momentos que pasamos juntos, mirándonos, queriéndonos, amándonos.

Un día común (claro eso pensaba), un día igual a los demás, un día como cualquier otro, un día en el cual lo especial no era parte del menú, un día más para mí, tenía una sorpresa esperando. Subimos al lugar donde nos íbamos a encontrar, nos escurrimos entre la puerta, nada estaba dicho hasta ese momento, esperaba solo hablar con ella, pasar un buen rato, aparte ¿qué más podría esperar si a ella le gustaba otro chico? Esperaba que me cuente más de él, tal vez para parecérmele un poco, no lo sé, quería estar con ella en esos instantes, ya la había extrañado tanto que los minutos que pasábamos juntos eran valiosos, la había extrañado tanto desde que se fue, y al igual que en aquel momento, hoy era un día anterior a que se valla de nuevo.

¿Esa es tu computadora?- me dijo, - Sí claro, ¿Qué más podría ser una máquina de escribir?- le reproché, se rió. Se sentó en la silla que había al frente del monitor, abrió su bandeja de mensajes y vio el correo del chico que le gustaba, lástima que solo le escribía porque él partía, lástima porque ella lo quiere mucho, ella lo quiere tanto que cada vez que le hablan de él se olvida que existo, yo soy uno más del monto a su lado, pero en ese mensaje ya estaba todo dicho, en ese mensaje había una despedida, él también pensaba en ella como ella en él, pero por cosas del destino se separaron, y que más quería yo, si yo me muero por ella, yo soy el tonto enamorado que sigue tras ella para ver si aunque sea por un instante se fija en mí, a ver si por un instante soy parte de su corazón. Respondió el mensaje y me dijo: “ayúdame, tu sabes de esto, tu escribes”, pensé en decirle “escribo porque me inspiras, escribo para ti, no puedo decirte que cosas decirle porque sé que lo quieres más que a mí, sé que piensas más en él que en mí”, pero mi cobardía me hizo decirle: ”ponle lo que sientas y nada más, ponle que piensas en él, que lo quieres, no se ponle lo que quieras en realidad”, eso le dije y me arrepentía; hasta ahora me arrepiento porque leyendo lo que le escribía me cercioraba más que aunque él ya no iba a estar aquí ella seguiría pensando en él, le seguiría queriendo, seguiría siendo parte de su mente, seguiría perteneciendo a su corazón. Se despidió con un: “yo también te recordaré, te kiero mucho”.

Cerró su bandeja de entrada, me miró, en sus ojos estaba la pena de saber que el amor se le había escapado y había tomado un rumbo distinto, aunque me dijo: “lo odio, no sabes cuánto lo odio”, sé que solo fueron palabras de ira, palabras de aliento para que su corazón no quede en mal estado, para que su corazón tenga la fortaleza de afrontar que ya no iba a estar, tal vez olvidar.

Se paró de la silla y trató de avanzar a través del pasadizo que dirigía hacia todo el lugar, en el fondo se divisaban cuatro puertas, tres de ellas eran dormitorios y la que sobraba era el baño. Le impedí que siguiese avanzando y traté de convencerla para jugar el jueguito de las puertas, “tienes cuatro puertas y puedes elegir una, si eliges la correcta entras si no, piña”. Claro que no aceptó y trató de llegar por la fuerza, forcejeando llegamos hacia la primera puerta, lástima, solo era el baño, la segunda se hizo esperar un poco más, un cuarto desolado, la tercera y la cuarta formaban un ángulo de noventa grados, ¿cuál elegir?, ¿cuál será la correcta?, solo lo sabía yo y ella, bueno ella quería averiguarlo. Escogió la puerta de la izquierda, sí esa era la indicada, trate de hacer que no entre pero entró, trate de hacer hasta lo imposible para que no siga a través de esa habitación, pero no conseguí fruto para mis intentos, intentos fallidos. Estábamos allí y la tarde recién empezaba a aparecer en la ventana, la noche no era virgen, la tarde lo era para nosotros ahora.

Un camarote estaba pegado a la pared, un camarote, un estante de cuadernos, un ropero y un montón de ropa limpia conformaban nuestro paisaje, algo raro en realidad, solo esperaba que viera todo y de pronto salga de ese espacio, me equivoqué de nuevo, quiso quedarse y subió a la parte alta del camarote, la música que había dejado reproduciendo en la computadora ayudaba a que algo más pueda pasar, despertaba pasión. Música romántica, música que a los dos nos gustaba, las cantábamos, nos mirábamos, sus ojos me mostraban algo distinto, sus ojos me gustaban más ahora, su mirada invadía mi mente, me enamoraba más de ella.

Estábamos los dos allí, echados el uno frente al otro, sintiendo nuestras respiraciones, algo aceleradas tal vez, algo intranquilas porque no.

- ¿Estás nervioso?- me dijo de repente.
-No – respondí intempestivamente, - bueno un poquito tal vez- dije al fin.

Como no iba a estar nervioso si esto no lo había esperado, como no iba a estar nervioso si estaba evitando darle un beso, un beso que rompía las barreras que podría sobrepasar, un beso que no esperaba que se llegue a dar, un beso que se estaba quedando en mi pensamiento, salvo hasta ese momento.

Los minutos pasaban y solo me bastaba con eso, con verla allí, con verla al lado mío, acostada junto a mí, tan tranquila como suele ser ella, tan paciente como me gustaría recordarla.

- ¿Me darías un beso? – preguntó mirándome a los ojos.
- Estoy lidiando por no hacerlo- le dije.
- ¿Y si yo te lo pidiera?- me dijo de nuevo.
- Entonces lo pensaría – respondí.
-Dame un beso- afirmó, y es así que me acerqué a su mejilla y posé mis labios sobre esta.
-No, ese tipo de beso no quiero, dame un beso- insistió, volví a acercarme a su mejilla, esta vez fue a la derecha.
-Dame un beso aquí- dijo señalando sus labios.

En un segundo lo pensé bien, y es que no podía besarla porque le tenía mucho respeto, nunca pensé que algo así podría pasar, solo en mis sueños se dibujaban esos labios junto a los míos, solo en mis sueños eso era realidad, ahora estábamos en la realidad, pero había algo más que me afligía, algo más que no me dejaba disfrutar de ese instante, era la figura de él, la figura de aquel chico por el cual ella moría, pensando “¿lo estará haciendo por despecho?, ¿solo lo hará porque sabe que él ya no podrá estar?, ¿por qué me lo pide ahora?”; pero no importó más eso, de pronto la tarde se iluminó, de pronto sentí como corría por mí su cariño, de pronto sentí que de verdad me quería, de pronto sentí como ella se dejaba querer, de pronto sentí con esos dulces toques lo que había anhelado siempre, nos estábamos besando.

Al abrir los ojos me cerciore que estaba en la realidad, me cerciore que ella, que la chica de la cual estaba enamorado, de cual nunca hubiese esperado un beso, de la cual aún sentía un gran respeto y aparte tenía un amor distante, estaba allí conmigo, compartiendo ese momento, compartiendo ese hermoso beso. Nos besamos por más de una vez, por más de una vez al abrir los ojos sentí como corría en mí ese cariño, aquel cariño que ella decía sentir por mí, aquel cariño que sé esta distante, que se nunca pasará de eso. Al final me olvidé de todas las barreras que mi mente me ponía, al final todos los supuestos se desvanecían, estaba allí con ella y eso importaba, estaba allí con ella y ese momento talvez nunca se repetirá, tenía que aprovecharlo, tenía que sentirlo y sentirla a ella, besarla con cariño, “deja salir al tú enamorado, disfruta el momento, que sea este momento el cual recordemos”, me dijo mirando al techo, nos dimos un beso más de los miles que ya llevábamos, un beso más que pensaba que era el último, hablábamos, nos cantábamos, nos mirábamos, nos besábamos, hacíamos del momento el más maravilloso que hubiésemos sentido antes, al menos así lo sentía yo, sé que ella lo sentía así también.

El sonido de la puerta abriéndose nos removió, un golpe de nerviosismo inauguró nuestro momento, un golpe de nerviosismo que nos hizo saltar, bajamos de la cama, no sabíamos qué hacer.